
Que se abstengan los virus porque seguiremos escribiendo por mucho tiempo! Un abrazo! y GRACIAS!
Odio el mercadillo, empujones, codazos, gritos, pisotones, embestidas con carritos escupiendo acelgas y lo peor en cualquier parte del mundo es lo mismo. Si viviera en el mercadillo el infierno sería mi lugar de vacaciones. Y allí estaba yo en medio de ese caos, un sábado por la mañana… un supuesto día de descanso.
Para mi suerte casi nunca lo sufro sola, mi hermano lo sufre conmigo, me defiende en caso de conflictos con ancianas, cuando me quieren estafar o cuando me siento antisocial compra por mí. Teníamos casi todo comprado, estábamos en medio de los “¡señora!”, “1’50 el kilo”, “Tomate para ensalada regalado”, “Rubia te lo dejo a tres”
En un momento, no se exactamente cuando, me ausenté, estaba lejos disfrutando de algo inconscientemente, pero era tan agradable, cuando volví, mi hermano me miraba desde unos metros más adelante con una cara extrañada. Entonces me dí cuenta…¡Era música!, una música simple, preciosa, estaba tan fuera de lugar que era perfecta!
Empecé a buscar por todos lados para poder ver de donde provenía… Ahí estaba, ¡un piano! Un joven sentado antes un piano, en medio de un mercadillo, oírlo era una delicia, en aquel lugar tan lleno de gente, nadie lo veía, nadie lo escuchaba. Y él completamente ausente como si tocara solo para los que podíamos oírle.
He vuelto cada sábado al bendito mercadillo, con un poco más de ilusión que antes para ver si podía verlo una vez más, pero no lo volví a ver. Pero estoy segura de que sigue tocando por ahí, en todos los mercadillos del mundo y disfruta porque para los que llegamos a oírle es un momento único, irrepetible, que no olvidamos nunca. Y él lo sabe.